Un palo, una cuerda y mi destino. No se muy bien que es lo que me hizo aquel día volver la mirada hacia mis recuerdos de chaval y retomar lo que entonces fue un juego, para convertirlo en una actividad de ensueño; actividad que además trajo consigo unos daños colaterales en mi vida, que por lo avanzado de la misma, me cogieron por sorpresa pues ya no esperaba nada por ese lado. En mi pueblo hay varias instalaciones deportivas a cubierto, las que llamamos polideportivos, que nos sirven a grandes y pequeños para practicar nuestros deportes favoritos. Así, el polideportivo del Ramón Areces, acoge en horarios avanzados de la tarde a varios grupos de amigos que se reúnen para culminar sus inquietudes alrededor de balones, pelotas de tenis, patines o simplemente cansando sus cuerpos con disciplinas deportivas de todo tipo. Reparten las horas entre las 19 y las 23; para entrar unos, otros han de salir primero. Ese año me acerqué hasta allí para iniciarme con el tiro con arco. Es un deporte de esos que llaman “minoritarios”, porque lo practican muy pocas personas a las que no les faltan motivos para dejarlo, pero siguen constantes con su afición preferida. Para llegar a la puerta principal de la instalación es necesario atravesar un estrecho pasillo de unos cincuenta metros, entre una valla metálica y los límites de la finca anexa. Casi siempre se hace con la oscuridad de acompañante, pues el horario así lo exige, y es normal cruzarte al entrar con los que salen, y unos y otros ceden el paso como se puede. Los primeros días del aprendizaje fueron muy inquietantes, pues ninguno de nosotros adivinaba en aquellos momentos el incierto futuro que nos esperaba con aquel arma en nuestras inexpertas manos. Así, fue transcurriendo algún tiempo entre flechas que iban al centro de la diana y otras que se estrellaban en la pared del fondo. ……………… La mano de arco se levanta lentamente mientras la mano de cuerda tiene entre sus dedos la flecha que se sujeta introducida en el terso hilo por su culatín. Comienzas la tensión con la mirada fija en la diana, por el medio tienes el visor que se irá colocando muy despacio en el centro de la misma, y el silencio está esperando el lance de la suelta, lance que ha de hacerse sumamente preciso, pues el éxito de ese lanzamiento radica en esos breves movimientos. Los dedos aflojan y la cuerda respira libertad, con ella se lleva por unos instantes a la flecha, que la abandonará enseguida para dirigirse ondeante hacia su destino. Durante el segundo siguiente de tiempo nada ha de moverse en el cuerpo, el brazo de arco permanecerá en su sitio, comprobando que el arma oscila ya libre de la tensión que la oprimía; la mirada inalterable en el centro de la diana, y la mano que soltó la cuerda tendrá que conformarse con quedarse detrás de la oreja que escuchará enseguida el impacto de la flecha en la diana. Si todo va bien la punta de la flecha se teñirá de amarillo, y como mal menor de rojo. Todo ello no ha de durar más de 8 o 9 segundos, durante los cuales el mundo deja de girar sin duda, el aire no circula, y tu pensamiento desaparece para dejar paso a la frescura de nuevos horizontes. Tal vez por eso vuelves al día siguiente con el afán renovado y tal vez por eso no ves a las personas con las que te cruzas en el sendero. ………………… Levanto mi mano de arco, tenso su cuerda y me pregunto porque tuve que emprender aquel camino, y me pregunto si conozco mi destino … la flecha hace rato que ha llegado al suyo y yo pesaroso no he sabido dirigirla como es debido.